Optimizan alternativas farmacológicas para tratar trastornos alimentarios

Un equipo del IMBICE investiga si combinar variantes de hormonas que regulan el apetito, recientemente descubiertas, puede mejorar los tratamientos y reducir los efectos adversos de las drogas que se utilizan actualmente.

Hace más de veinte años que Mario Perelló, investigador del Instituto Multidisciplinario de Biología Celular (IMBICE-EXACTAS UNLP-CIC- CONICET), estudia la ghrelina, la llamada “hormona del hambre”: la molécula que el cuerpo libera para decirle al cerebro que es momento de comer. Hace apenas seis años, la ciencia identificó a su contracara: una hormona que circula en la sangre y que parece hacer exactamente lo opuesto, bloquear esa señal de hambre y producir saciedad.

Mario Perelló y equipo

Ese hallazgo cambió el campo por completo. “Nosotros creíamos que el sistema que estudiábamos solo estimulaba las ganas de comer, pero parece que puede hacer las dos cosas dependiendo de qué factores actúen”, explica Perelló. Y fue también la base de una revolución que ya es visible fuera de los laboratorios: los fármacos para bajar de peso que hoy ocupan las tapas de los diarios y que, según cuenta el investigador, hasta las celebridades las  usan para adelgazar.

No todo lo que reluce es oro

Esos tratamientos -basados en agonistas del receptor de GLP-1, como los que popularizaron marcas como Ozempic o Wegovy- funcionan, pero tienen algunos  problemas. El primero: cuando la persona deja de aplicárselos, el apetito vuelve y el peso se recupera, lo que obliga a sostener la inyección de por vida. El segundo: efectos secundarios gastrointestinales, con casos de diarrea y dolor. Y el tercero, quizás el más difícil de resolver: la respuesta es muy variable de persona a persona, a algunos les cambia la vida y  en otros casi no tiene efecto.

El proyecto del  IMBICE  busca caracterizar la molécula que produce la saciedad, llamada LEAP2, y combinarla con los tratamientos que ya funcionan para potenciar el efecto, disminuir las contraindicaciones  y optimizar los resultados.

En el pasado, el equipo platense publicó un articulo mostrando que la idea funcionaba en ratones, pero no fueron los únicos. Según cuenta Perelló, Novo Nordisk -la farmacéutica danesa que fabrica una de las drogas más usadas- publicó en forma casi simultanea un estudio explorando exactamente esa misma combinación.

Por qué esta molécula podría ser distinta?

Las variantes de las hormonas que ya se usan en los tratamientos actuales las produce naturalmente el intestino: se liberan cuando comemos, actúan sobre el cerebro y duran apenas minutos en la sangre antes de degradarse. Todo el desarrollo farmacológico de la últimas décadas consistió, justamente, en modificarlas para que ese efecto se sostenga cada vez más tiempo: de minutos a horas, de horas a días, y hoy ya existen versiones que se aplican una sola vez al mes.

La molécula LEAP2  tiene un origen distinto: la produce el hígado, no el estómago. Y esa diferencia hace que su  acción sea más prolongada en el tiempo, algo que el equipo busca caracterizar para luego combinarla con los tratamientos ya aprobados.

Investigación y salud pública 

El proyecto, financiado por la Fundación Williams, tiene dos programas integrados. Una parte se hace en ratones: permite manipular componentes moleculares específicos del sistema, probar distintas dosis y estudiar qué ocurre en el cerebro con un nivel de detalle imposible de alcanzar en humanos. La otra parte se hace con personas, a través de cuestionarios estandarizados sobre sensación de hambre, preferencias alimentarias -“hay quienes empiezan a preferir lo dulce, otros lo salado”, señala Perelló- y análisis de sangre para medir estas hormonas, combinados con pruebas de ingesta real de alimentos.

El interés va más allá de la obesidad, que ya es un problema de salud pública creciente en la Argentina, “un ejemplo de esta problemática es el fuerte aumento de la obesidad infantil que se observa en los hospitales pediátricos”, reconoce el Investigador. Pero el proyecto  apunta a los trastornos alimentarios, un universo más amplio y heterogéneo: desde atracones nocturnos en personas sin sobrepeso hasta patrones de alimentación asociados al estrés y la ansiedad, que muchas veces terminan afectando también el estado de ánimo.

Perelló no elude un antecedente incómodo del campo: el rimonabant, una droga que en la década de 2000 actuaba sobre los mismos receptores que el THC, uno de los componentes bioactivos del cannabis, y que también lograba reducir la ingesta. El fármaco se retiró del mercado en 2008 después de registrarse casos de suicidio vinculados a su uso. “Comer es parte de nuestra vida, es parte de nuestro placer cotidiano”, resume el investigador, y por eso insiste en que el impacto de estos tratamientos sobre el ánimo y la conducta social -no solo sobre la balanza- es algo que la ciencia tiene que seguir de cerca.

Hacer ciencia en un contexto adverso

El proyecto titulado “Modulación farmacológica simultánea de GHSR y GLP-1R para reducir los atracones alimentarios” fue subsidiado por  financiado por la Fundación Williams entre  1800 postulaciones y se llevará a cabo durante un año. 

Perelló destaca el aporte  del subsidio en este contexto tan adverso para la ciencia, y menciona el apoyo de otras instituciones como la Fundación Florencio Fiorini, el CONICET y el Ministerio de Producción de la Provincia de Buenos Aires, que hoy intentan cubrirparte de las investigaciones que antes financiaba la Agencia nacional de investigación . 
El investigador remarca las dificultades del momento: becarios doctorales que cobran salarios cercanos a la línea de pobreza y un clima de incertidumbre que, dice, afecta especialmente a una disciplina que necesita tiempo y estabilidad para dar resultados.

Aun así, el equipo liderado por le Dr. Mario Perelló se compone de jóvenes investigadores comprometidos con su trabajo:  Franco Barrile, becario posdoctoral que será transitoriamente financiado por el proyecto mientras espera la resolución de su solicitud de ingreso a la carrera de investigador, Lucía Giovanini, becaria doctoral de CONICET, Matías Cure, becario doctoral CIC, e Ivana Gómez, becaria posdoctoral de CONICET; Taiel Podesta y Federica Puppio, becarios de entrenamiento de la CIC, y Bianca de Agueda, pasante que hace su tesina en el laboratorio;  y los investigadores de CONICET Nicolás De Francesco y Paula Cornejo.

Entre ellos está también Clara McCarthy, que hizo su licenciatura  en la Facultad de Ciencias  Exactas  de la UNLP y su doctorado en el IMBICE. Se fue tres años a hacer un posdoctorado a Estados Unidos “siempre con la idea de volver, de hacer una experiencia afuera pero volver para estar cerca de la familia y apostar a la ciencia argentina”. Hoy también espera, al mismo tiempo, la resolución de su solicitud de ingreso a la carrera de investigadora y la llegada de su primer hijo.

Crédito: Cristina Pauli, Difusión y Prensa de la Facultad de Ciencias Exactas, UNLP